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Fonte:
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Apuntes de Historia e historias argentinas

Cámara de Diputados - Sesión del 13 de agosto de 1897 

OPOSICIÓN A LA ERECCIÓN EN BUENOS AIRES 

DE LA ESTATUA A GARIBALDI 

Sr. Presidente. - Tiene la palabra el señor diputado por Salta.

 Sr. Gómez (Indalecio). - Señor presidente: en muy diversas circunstancias de aquellas en que la pedí me es dado usarla. En las polémicas parlamentarias las circunstancias de oportunidad son algunas veces decisivas. El experimentado sabe aprovechar de ellas y ésta es una ventaja para su causa de que no debe ser privado. Cuando pedí la palabra resonaban aún los ecos del discurso del diputado preopinante; él había determinado la temperatura de la polémica; el ambiente era propicio a la réplica; la Cámara y yo teníamos la visión común de los puntos vulnerables; el blanco era grande; yo sentí como si se me invitase a tirar; si hubiera tirado, por cierto que habría pegado; y una sola frase habría bastado para dar al traste con las hipérboles garibaldinas.

 Pero ahora el ambiente se ha enfriado; el blanco se ha esfumado y ya no es adecuada la réplica que concebí. Me encuentro, pues, en la necesidad de adoptar en el acto una nueva táctica; y como por respeto a la Cámara no puedo limitarme a rebatir el discurso del señor diputado, habré de ocuparme de Garibaldi exclusivamente, lo que habría deseado evitar. ¡Pues es nada hablar de Garibaldi en las circunstancias actuales en el Parlamento Argentino! ¡Pues es nada bosquejar su retrato y revelar la psicología de ese supuesto héroe! Hacerlo en una Cámara parece cosa fuera de lugar. Sin embargo, tal es la necesidad en que me encuentro por un cambio de circunstancias parlamentarias.

 No me son desconocidos los estudios históricos; y desde hace muchos años, recorriendo el gran escenario de la historia contemporánea, he tropezado accidentalmente con el nombre de Garibaldi en esferas subalternas. ¡Quién había de decirme entonces que llegaría un momento en que oiría la noticia de que Garibaldi fue gran hombre! Precisado inexcusablemente por estas exageraciones y por las provocaciones a debate que ha lanzado el señor diputado, me veo en el caso de improvisar, casi, un juicio histórico sobre este personaje que jamás encontré sujeto sui juris en la Historia, sino colaborador instrumental de empresas por otros ideadas, por otros dirigidas. Permítame la Cámara, que haciendo un esfuerzo de memoria, procure trazar la carrera de este hombre desde el momento en que ponía pie en los caminos de la notoriedad.

 ¿Qué fue Garibaldi? A mi juicio no una alma misteriosa, como decía el señor diputado por Santiago del Estero, sino un hombre simple que se puede definir fácilmente. Su temperamento excesivo y revoltoso y turbulento le impelía a actitudes extremas, que en su prurito de vanidosa ostentación asumía con jactancia, y a las cuales su inconsciencia prestaba un descoco ufano, adecuado para impresionar al vulgo. Él conocía bien el vulgo y con él se identificó para brillar sobre él y dominarle; y en reciprocidad fue el elegido del vulgo, que ama al que le subyuga y logra poner de relieve sus atributos; de donde ha resultado un conato de recíproco endiosamiento: del vulgo por Garibaldi, de Garibaldi por el vulgo.

 Es sabido por noción instintiva que a las muchedumbres incultas se las atrae por la sensación y que se las subyuga por la persistencia de las sensaciones que las complacen. Garibaldi tenía una figura simpática y atrayente, don enteramente físico. Él lo sabía. ¿De qué medio valerse para llamar constantemente la atención sobre su figura que predisponía en favor suyo? Pues del más simple, del menos inteligente: del traje.

"En Montevideo", dice el general Mitre, en el escrito que ha citado el diputado por la Capital, "su traje era una levita azul sin ninguna insignia, de cuello militar vuelto, con una doble botonadura dorada, constantemente abrochada de arriba abajo. Llevaba un sombrero blanco de castor, cilíndrico y alto de copa, con ala ancha, doblada hacia arriba como la visera levantada de un casco de la edad media". ¿Qué le parece, señor presidente, este traje, en Montevideo, durante el sitio? Quien no esté en el secreto de estas supercherías, se imaginará quizá que cuando Garibaldi usó en Italia la camiseta roja, lo hizo cediendo a las imperiosas exigencias de un hábito contraído o por llevar sobre su cuerpo un testimonio patente de sus recuerdos, de su amor al país donde por primera vez vistiera la camiseta. Pues ya se ve que no fue así. Ni exigencias del hábito, ni gratos recuerdos aconsejaron a Garibaldi el uso de la famosa camiseta; fue tan sólo el instintivo recurso de los contrastes llamativos, para despertar la curiosidad sobre su persona y fijar la atención de las muchedumbres.

 Sírvanos este ligero esbozo para seguir a Garibaldi en su poco interesante carrera, al fin de la cual encontraremos definitivamente acentuados los rasgos característicos de su personalidad, o mejor dicho, el único rasgo característico de Garibaldi. Afilióse a mediados de 1833 en la "Giovine Italia", asociación secreta revolucionaria fundada por Mazzini; sorprendida una de las conjuraciones de la sociedad, sus miembros conocidos fueron condenados a muerte, entre ellos Garibaldi, quien evitó la pena por la fuga. Hizo un viaje a Oriente y otro a Túnez, a sueldo de Bey Hussein, que no era ningún liberal, y en 1836 partió para Río Janeiro. Aquí pensó dedicarse honestamente al comercio, sin que le inspirasen repugnancia ni la monarquía ni Don Pedro; pero quiso su destino que Livio Zambeccari, revolucionario italiano de 1823, secretario a la sazón de Bento Gonçalves, llegara a Río en esas circunstancias.

Las seducciones de la vida aventurera y revolucionaria que aquél le propuso dieron al traste con los propósitos de lucrar mercando; y pronto, unido a su amigo Rossetti, Garibaldi fue corsario y revolucionario en el Brasil, buscando el lucro por otros caminos. Su vida en esta época no ofrece interés: fue vencido y triunfó, combatió con valor o sin él, alternativa e insignificantemente.

 Cansado de aquella campaña, trasladóse a Montevideo, conduciendo una boyada, de cuya venta esperaba sacar beneficios considerables. Pero por segunda vez fue su destino encontrar allí otros amigos italianos, Castellini y Cúneo principalmente, quienes estaban vinculados a los intereses de Rivera; y por esta razón hízose él también riverista. Sus amigos le procuraron el mando de una escuadrilla con la cual, valiéndose de artificios de pirata, forzó el paso de Martín García y navegó hasta Costa Brava, donde libró con Brown un combate, en que nuestro almirante salió vencedor, combate que se registra en los anales de la marina argentina con palabras que no honran a Garibaldi. Insisto en la circunstancia de que tanto en el Brasil como en Montevideo tomó la dirección que le señalaron sus amigos, no para insinuar que, si las vinculaciones de aquéllos con los partidos americanos fuera la contraria, habríamos visto a Garibaldi indiferentemente imperialista en el Brasil y oribista en Montevideo: no quiero decir eso, aunque fundamentos habría para ello. Basta a mi propósito hacer constar que no hay prueba, ni indicio, ni presunción que permita asegurar que Garibaldi tuviera un concepto claro de la política de estos países y que por él se decidiera a servir los intereses que sirvió. La capacidad política de Garibaldi en esa época ha sido apreciada por el general Mitre, en el escrito ya citado: "Me expuso brevemente su teoría política —dice— a propósito de los males que afligen a la América del Sur, a los cuales no veía más remedio que nuevas revoluciones para destruir los abusos y nuevas guerras que la purificasen".

Y más adelante: "La impresión que me dejó fue la de una cabeza y un corazón en desequilibrio... con teorías de libertad exageradas y mal digeridas"...

Un hombre con teorías de libertad mal digeridas y que proclama el estado perpetuo de revolución y de guerra en América, no tiene en sí mismo los elementos —para usar una frase del general Mitre— de juicio que le permitan apreciar la política americana.

 Pero sea de esto lo que fuere, es conveniente tomar nota del juicio que de él formaron los militares con quienes estuvo en contacto. El general Medina, jefe a la sazón del ejército del Norte, después de la batalla de San Antonio, se vio en la necesidad de hacer de modo que Garibaldi pidiera su separación del ejército y regresara a Montevideo. He aquí en qué términos refiere este incidente el señor Díaz: "No podía (Medina) convenir en la tolerancia excesiva que el coronel Garibaldi dispensaba a sus soldados, quienes se entregaban a toda clase de desórdenes y cuereadas en los ganados, haciendo depósitos de cueros, sebo y cerdas que vendían o enviaban a Montevideo". La ingénita incapacidad de Garibaldi para mantener la disciplina en sus tropas ha sido reconocida por él mismo en sus Memorias. Con ocasión de la llegada de Anzani a Montevideo, dice: "Repito que fue (Anzani) un verdadero tesoro para la legión y yo, poco organizador, fui afortunado en tener cerca de mí a aquel amigo y compañero de armas incomparable". La indisciplina de las fuerzas de Garibaldi fue notoria siempre: La toma de Roma por el general Oudinot contra las fuerzas de la República Romana y el fracaso de la expedición contra Nápoles emprendida en aquella época por las mismas, fueron atribuidas por Roselli, Pisacane y otros jueces competentes, entre otras causas, a no haberse cumplido con puntualidad las órdenes del comandante en jefe Roselli, y sobre todo,  a la precipitación de Garibaldi. Al terminar la campaña de Lombardía, el general La Mármora decía: que las tropas irregulares de Garibaldi causaban más daños al País y a la causa que veinte mil austríacos.

La verdad es que como guerrero no valía nada. Ningún crítico militar considera sus campañas, no digo como dignas de estudio, pero ni siquiera como curiosidades que llamen la atención.

 Pero dejemos esto de lado y démonos cuenta del estado de ánimo, de las preocupaciones dominantes de Garibaldi durante su permanencia en la Banda Oriental. Él mismo nos abre su pecho en una carta que después del paso de Paysandú escribió a la comisión directiva de la legión: "En todas partes nuestros soldados (los italianos de la legión) han vencido corriendo y no han desmentido la fama del cuerpo a que pertenecen. "Salud en nombre mío a nuestro amigo Bottaro y a toda la legión. He escrito a Muzzo que venga, y os suplico y os ruego se lo concedáis; en caso que se decida os recomiendo su familia. Si acaso me hallárais poco corriente en escribiros, os advierto que os considero como mi familia y os trato familiarmente: y sois en verdad mi familia política. Sed para mí vosotros y la legión mi Italia: aquella que me pinta a cada momento mi imaginación acalorada; bella, grande, como la quisiéramos todos y por la que todos quisiéramos vivir y morir". Y el general Mitre dice: "Su sueño (de Garibaldi) era por entonces desembarcar en la Calabria con su legión de voluntarios, dando la señal de la resurrección italiana".

 He ahí, señores, el fondo del alma de Garibaldi. Su preocupación principal — y para cumplirla lo mismo era el campo riverista que el oribista, la bandera de la república de Piratinim que la imperial—, su preocupación era formar un pelotón de soldados aguerridos, adictos a su persona, no por los vínculos de la disciplina sino por el afecto que une el cliente al caudillo, para ponerse a la cabeza de él y mover guerra a todo el mundo, como los condottieri medioevales, con los cuales debía darle un falso parecido aquel "sombrero de castor blanco, con el ala ancha, doblada hacia arriba como la visera levantada de un casco de la edad media" que tan graciosamente describe el general Mitre.

 Ser jefe único, personal y absoluto de un pequeño ejército; mandar dictatorialmente, he ahí el anhelo de su alma, que se despierta en América.

Más tarde se manifestará desembozadamente. En Roma, en los días del combate con Oudinot, a que antes aludí, visto que Garibaldi andaba remiso y displicente, Mazzini, el jefe del Triunvirato, le pregunta por escrito: "¿qué queréis, qué pretendéis?" y él contesta con esta carta perentoria: "Mazzini: puesto que me preguntáis lo que quiero, os lo diré: no puedo ser útil a la República sino de dos maneras: o dictador sin control o simple soldado". Más tarde, al explicar Garibaldi aquellos sucesos, confiesa: "mi idea dominante era conservar cuatro o cinco mil defensores adictos, que me conocían y que conocía yo mismo, y que habrían respondido a mi primer llamado".

 Helo ahí, señor presidente, a Garibaldi, en el Río de la Plata. ¿Cuáles fueron los grandes servicios que prestó? ¿Cuáles sus grandes hechos de armas? ¿Cuáles las grandes enseñanzas políticas que legó? ¿En qué circunstancias, por qué actos demostró su amor a estos países o su consagración a grandes ideales humanitarios? Estuvo en combates, es verdad, compañero de armas de otros que luchaban en primera línea; pero, ya sabemos, desde que él mismo lo dice, que en los campos de batalla del Río de la Plata no se preocupaba ni de la causa oriental ni de la argentina, ni de Rivera, ni de Oribe, ni de Rosas; de lo que se preocupaba era de formar hombres adictos a su persona con quienes pudiera volver a Italia.

 Él cumplió su propósito: llevó a su regreso un grupo de legionarios, entre ellos algunos americanos; llevó los prestigios de supuestas hazañas lejanas que la imaginación magnifica y que sirvieron de punto de partida a la leyenda garibaldina. Sea esa su recompensa por su estadía en el Río de la Plata. Y es sin duda demasiada recompensa para tan pobres merecimientos.

 Se aproxima el momento por él ansiado de su regreso a Italia; ya se considera capaz de figurar en aquella escena: tiene una forzada leyenda; tiene un traje llamativo; tiene un grupo de hombres adictos, y su indisciplina, su ambición y su turbulencia han tomado carácter definitivo en los campos de batalla americanos, donde nada respetó. Es interesante observar los rumbos que en este momento toma el futuro héroe de ambos mundos. ¿Con quiénes cree la Honorable Cámara que trata de ponerse en contacto? ¿Se dirige, acaso, a Mazzini, con quien había estada antes vinculado? ¿Se dirige, acaso, a los hombres que figuraban a la cabeza del movimiento revolucionario, al cual se dice que pertenecía de corazón? No, señor presidente. El prepara su regreso a Italia poniéndose en comunicación nada menos que con Su Santidad y con el gran duque de Toscana. (Risas).

 Al cardenal Bedini le dirige una carta en que se encuentran las siguientes expresiones: "Hace algunos días, cuando tuvimos noticia del sacrílego atentado por el cual una fracción fomentada en el país por el extranjero, que no está aún cansado de oprimir nuestra pobre patria, se propone subvertir el orden de cosas actual, nos pareció que la admiración y el entusiasmo por el Soberano Pontífice eran un tributo muy débil y que era mayor el deber que nos incumbía...

 "Y bien: si estos brazos que tienen alguna práctica en las armas son aceptados por S. S., es inútil decir que los consagramos con el mayor placer al servicio de aquel que ha hecho todo por la patria y por la iglesia. Nosotros y nuestros compañeros, cuyas palabras comprometemos, nos reputaremos felices, si se nos permite ocurrir en asistencia a la obra redentora de Pío IX, y no creeremos pagar muy caro este honor derramando toda nuestra sangre". Lamoriciére no habría suscripto una carta que expresase con mayor calor su adhesión; el mismo nobilísimo Charrete la habría firmado con entusiasmo. Pero, ¡oh entereza de principios y convicciones! Al mismo tiempo que escribía esta carta a Su Santidad, hacía entender al gran duque de Toscana que esos mismos abrazos tan noblemente ofrecidos a Su Santidad estaban a disposición del duque...

Zarpa... Buen viento, ¡oh héroe futuro!...

 Llega a Italia sin haber tenido noticias de los sucesos en ella ocurridos durante la travesía; y fue por tercera vez su destino travieso que, en vez de tocar puerto en Civita Vecchia, para trasladarse a Roma a cumplir el ofrecimiento hecho a Su Santidad, desembarcará más al Norte, cerca del cuartel de Carlos Alberto...

Pues nada, es lo mismo para el caso, nuestro héroe ofrece su espada y su blusa roja y los brazos de sus compañeros al mismo rey que persiguió a los afiliados de la "Giovine Italia". Es tratado con merecida desconfianza y esquivez; pero como a los grandes hombres no les duelen prendas, se retira y ofrece todo su conocido caudal al gobierno provisorio de Milán.

 Desorientado en medio de los sucesos políticos de Italia, y sin más brújula que su temperamento esencialmente turbulento y revolucionario, se pone en comunicación con Mazzini. Es el momento fatal de la República Romana: ya Mazzini es triunviro con Saffi y Armellini; Garibaldi se insinúa con aquél para que se le ocupe. Es nombrado jefe de un cuerpo de ejército. Combate, señor, y el cuerpo que comanda Garibaldi se distingue por los atentados sacrílegos que comete, especialmente en el Vascello. A esta época pertenecen los juicios antes citados de Raselli que atribuía a Garibaldi en gran parte la responsabilidad de los desastres sufridos; su contestación perentoria a Mazzini pidiendo la dictadura y su idea dominante de conservar cuatro o cinco mil hombres que obedecieran a su llamada. La entrada de Oudinot en Roma le obliga a salir precipitadamente, y emprende una fuga que sus partidarios han descripto como una odisea admirable, y por fin, se ve en la necesidad de abandonar nuevamente a Italia.

 En esa circunstancia llégale una carta de Pacheco y Obes, que lo llama al Río de la Plata. ¿Renació en ese momento en Garibaldi su supuesto amor a estas regiones donde había recibido una acogida y un trato superiores a sus merecimientos? Pues no; ¡que sólo renace lo que alguna vez existió! Su conducta en esta circunstancia es una prueba definitiva. Desatendió el generoso llamado de Pacheco, alegando deseos de estar más cerca de Italia. ¿Fue siquiera cierta esta excusa? Ya se verá. Prefirió residir ociosamente en Nueva York, y después marchóse al fabuloso Perú, y luego a la China . . , para estar más cerca de Italia, sin duda.

 Llegado a Lima contrajo relación con un genovés, Don Pedro Denegri, que le encomendó el mando de un buque destinado a la China, con cargamento de cereales y plata, para traer en retorno opio y coolies... tristes sustitutos de los negros en las faenas agrícolas de la costa del Perú; tráfico que nunca fue considerado como honroso en aquella república.

 Después de esta ocupación, Garibaldi regresó nuevamente a los Estados Unidos. Se demoró allí un corto tiempo, y volvió a Italia, donde, encontrándose con algún dinero, y teniendo familia, hizo vida de hogar, al parecer despreocupado de la política. Pero ésas son las apariencias no más, puesto que es cierto que se ocupaba activamente de desprestigiar a todos los que pudieran hacerle sombra en el partido revolucionario, a Mazzini, a Roselli y a otros. Llegamos ahora al momento definitivo, el principio del fin. Entonces Garibaldi, el correligionario de Mazzini, el asalariado del Bey Hussein, el que había ofrecido su espada a Su Santidad y al gran duque de Toscana, el que había ofrecido sus servicios a Carlos Alberto, no tuvo empacho de entregarse incondicionalmente a Giorgio Pallavicino, a Daniele Manin, a La Farina, los fundadores de la "Societá Nazionale", cuyo lema era la "Dictadura de la casa de Saboya", y por fin, al habilísimo Cavour.

Yo no creo, señor, que una opinión juiciosa, libre y documentada, aunque sea adversa a Garibaldi, pueda ser considerada ofensiva por los italianos. Desde el momento que los merecimientos de aquél, y su figuración han sido proclamados como universales, él no está amparado por los fueros de las fronteras italianas, ni nos está vedado discutir su personalidad, tanto más cuanto que el señor diputado por la capital nos ha provocado a discusión. Pero hay algo que está fuera de nuestro alcance, que nos está vedado discutir por obvias razones de conveniencia y de cortesía internacional: me refiero a la política de la casa de Saboya. No la estudiaré, por digna de estudio que sea. Mi silencio discreto dé testimonio de mi respetuosa cortesía. Cualquiera que conozca la historia contemporánea sabe que la obra de la unidad de Italia fue el resultado de la más hábil partida diplomática que se haya jugado en el mundo.

 Cavour fué el Deus ex machina; Napoleón III, la casa de Austria, Lord Palmerston (y esto explicará al señor diputado la recepción aparatosa que proporcionó a Garibaldi en Londres) y la naciente Prusia, fueron las piezas que Cavour movía en su tablero, valiéndose de sus intereses encontrados, de sus rivalidades, desconfianzas, temores y esperanzas. Gracias a su habilidad y sin comprometer en la partida más que Niza y Saboya, que fueron la prima pagada a Napoleón, arrojó a los austríacos de Lombardía y preparó su expulsión del Veneto, arrebató las dos Sicilias a los Borbón, desposeyó a los duques de la Italia central y a Su Santidad de los estados pontificios. Y es sorprendente que tan extraordinarios resultados se alcanzaran con pequeños ejércitos, con pocos gastos y sin más batallas considerables que Magenta y Solferino, que se cuentan como victorias francesas más que piamontesas. El estudioso no puede meditar sin cierta estupefacción y perplejidad esta obra, que es una verdadera creación; porque, en efecto, la Italia Una es un hecho completamente moderno. Jamás conoció la Historia un estado italiano coexistente con el territorio que la geografía ha llamado Italia. Jamás los historiadores anteriores al 70 hablaron como de un hecho político actual y efectivo de la unidad italiana; ni los pueblos de la península, tradicionalmente autónomos, aspiraban en verdad a que tamaña novedad se realizase. Así como jugó su partida Cavour, por un lado en las cortes y con los reyes y los hombres de estado, asimismo la jugó por otro con los diferentes estados que por unas razones u otras estaban descontentos de sus respectivos gobernadores. Hábil diplomático, supo triunfar sobre aquéllos, hábil conspirador, por medio de otros no menos hábiles que dirigían la "Societá Nazionale", supo levantar algunas masas ignorantes, no en fuerza suficiente para vencer, a excepción de las de Sicilia; pero, sí, con el aparato, el ruido y la ostentación necesaria para justificar la intervención de otros poderes.

¿Cuáles? Ésta era la gran dificultad de la política de Cavour; él supo salvarla. Napoleón, que quería el derrocamiento de los Borbones de las Dos Sicilias, para colocar en ese trono un Murat, y el de los duques de la Italia Central, para formar un trono a un napoleónida cualquiera, consentía de buen grado en las conspiraciones que aproximaban la realización de sus fines. Pero cuando el Emperador quería meter la mano en el desenlace para acomodarlo a sus designios, aparecían vetando la intromisión napoleónica ya los austríacos, ya las prusianos o el más eficaz de todos los auxiliares de Cavour, Lord Palmerston, que como jefe de la masonería universal, tenía empeño de sectario en ver realizada la unidad como un medio de privar al Soberano Pontífice de su poder temporal. Detenido Napoleón y siendo necesario el asentimiento general de las cancillerías, ¿quién había de intervenir? El piamontés, pues; y así, presentándose en la hora del desenlace, con un pequeño ejército, fue cogiendo uno tras otro, la Sicilia y Nápoles y Toscana y Parma, y Emilia y las legaciones y todos los estados pontificios. Napoleón protestaba, pero no le quedaba más camino que la guerra; y la guerra premeditada desde entonces fue para Francia un desastre. Vencida Francia, ¡Su Santidad perdió Roma!... Cavour no vivió para ver consumada su obra. ¡Oh Cavour! ¡Tu obra y tus medios fueron de abominación; pero fuiste hábil y las páginas que has escrito en la Historia serán siempre dignas de estudio, aunque no lo sean de imitación! Y a todo esto, ¿dónde está Garibaldi? ¡Ah! señor presidente, ¿dónde encontrarle? ¡Abajo, muy abajo, allí donde la blasfemia vocifera, donde el sacrilegio horroriza, donde la conjuración cubre la tierra de crímenes, donde el sectario sirve como instrumento a los planes de la "Societá Nazionale"! Acompañó al francopiamontés en la campaña de la Lombardía contra el Austria, sin que le cupiera el honor de estar ni en Solferino ni en Magenta. Fue hecho jefe de partidarios o guerrilleros con el objeto de circunvalar las tropas austríacas y privarlas de recursos. Libró, es verdad, la batalla de Varese; pero la conducta de Garibaldi fue tal en esas circunstancias, que el general La Marmora juzgaba, como antes lo recordé, que eran más perjudiciales las fuerzas irregulares de Garibaldi que veinte mil austríacos. Terminó, como se sabe, aquella campaña, en la cual no tuvo más que esta secundaria participación, por la paz de Villafranca. Y cuando fue necesario producir el movimiento de las Dos Sicilias preparado por la "Societá Nazionale", se llamó a Garibaldi, y se le envió a consumar una obra de la que él jamás se dio entera cuenta.

 Infatuado por el éxito obtenido en Sicilia, se creyó con alas para volar solo. Pasó a Nápoles, y fue detenido en Aspromonte. Tampoco se dio cuenta de este tirón de atrás. Volvió a aparecer en la Italia Central, moviendo conjuraciones, hasta que, por fin, vencido por las tropas pontificias en Monte Rotondo, cayó en manos de los franceses en Mentana. Y aquí concluye su acción militar. He ahí las campañas en que tomó parte y que dieron por resultado la expulsión de los austríacos y de los Borbones, y de los duques y la expoliación de Su Santidad.

Ahora bien: decidme con sinceridad, ¿cuáles son las hazañas heroicas de este militar? Él fue brazo y no cabeza; pero, como brazo, ¿qué hizo digno de alabanza? ¡Marsala! ¡Sicilia! Pero si esa campaña tenía un resultado previsto, preestablecido.

Garibaldi fue allí a cubrir con su irresponsabilidad la responsabilidad de los verdaderos autores. ¡Aspromonte! ¡Mentana! ¡Bah! Dejemos eso de lado.

 Una última observación: decidme, cuando Garibaldi servía a la casa de Saboya en sus propósitos dinásticos, ¿dónde estaban los principios republicanos y democráticos de Garibaldi? Cuando Víctor Manuel vio realizadas sus aspiraciones, ¿pensaba quizá el revoltoso implacable empezar de nuevo la partida y aplicar personalmente y por su cuenta a la Italia unida y monárquica el remedio que recetó, según el general Mitre, a Sud América? 

Y después de las campañas italianas, ¿a dónde va Garibaldi? Va al congreso de paz de Ginebra, y allí, el ex campeón de la casa de Saboya, se declara demócrata. Luego le vemos en Francia, y se hace de la Comuna, y después se afilia en la Internacional. Riograndense, riberista, papista, toscanista, saboyista, (risas), de la joven Italia, asalariado del rey, de la Internacional, del congreso de paz, comunista... ¡Señor Presidente! ¿Qué vértigo arrastra a este hombre? ¡La ley de su temperamento, que lo domina y gobierna, como domina y gobierna siempre las naturalezas inferiores! Garibaldi no era otra cosa que un revolucionario. Y no soy yo el primero en decirlo y entiendo que tampoco le hago un reproche en el sentir de sus partidarios. No, señor presidente. Cuando estuvo en Ginebra, La Suiza Radical, uno de los periódicos que más se distinguió por sus hipérboles laudatorias, decía que el héroe llevaba esculpido en la frente el genio de la revolución. La Cámara ha escuchado ya las palabras de Mazzini, que lo conocía a fondo, y han sido citadas por mi colega, el señor diputado por Buenos Aires, doctor O'Farrell. No digo, pues, una novedad cuando afirmo que si hay dos cosas sinónimas, son éstas: Garibaldi y la revolución. Eso, es, señor presidente, Garibaldi, y no otra cosa. Garibaldi no fue republicano ni demócrata, ni liberal, porque el claro concepto de esos sistemas y de los principios de que dimanan no cabía en su cabeza, porque carecía de la cultura necesaria para comprenderlos. 

Garibaldi fue un revolucionario y nada más que un revolucionario. Revolucionario por temperamento; reacio a todo orden, sujeción y freno. En los campos de batalla no se le ha de buscar donde impera el orden y la disciplina, sino allá donde se vivaquea en el desorden y en el desconcierto. ¡En los ataques, en los asaltos, no se le ha de buscar donde se cumplen las reglas y los métodos del arte militar, sino allá donde reina la licencia, donde se combate entre blasfemias y vociferaciones, y donde se pueden cometer sacrilegios, si hay iglesias cercanas! 

Éste es, señor presidente, Garibaldi. Esto y nada más que esto. Y digo yo: si el rasgo característico de la persona de Garibaldi es el de un revolucionario —porque no es otra cosa—, ¿es posible que se pida al Congreso Argentino una estatua para un hombre cuya significación es ésa? En cualquier otra época, pase tamaña inoportunidad, señor presidente. Pero en esta época, ¿el Congreso Argentino ha de acordar una estatua a un revolucionario, nada más que porque es revolucionario? Y en tal caso, señor, ¿cuál sería la significación de este Congreso? 

La presentación de este proyecto para discernir disimuladamente honores a Garibaldi, su tramitación perentoria y apremiante, la preferencia que se ha dado a su despacho y algún discurso que hemos oído, me han causado renovadas sorpresas; porque, ¿cómo es posible que en este recinto haya ambiente propicio para el garibaldismo, la más exótica de las sectas revolucionarias? ¿Los colegas a quienes he visto empeñados, y con quienes he colaborado, en el levantado propósito de hacer prevalecer el principio del orden en medio de las conmociones de revolución y los peligros de anarquía por que ha pasado el país recientemente, por debilidad o complacencia, renegarán sus principios, y en un colapso moral, se prosternarán ante el más plebeyo y vulgar de los ídolos revolucionarios? 

¿No se han fijado los autores de este proyecto que ponen al Congreso Argentino en la más dura de las disyuntivas: negar la estatua, que se pretende debe concederse por deferencia, o incurrir en una contradicción? ¿Cómo es posible que los mismos que hace cinco años hemos ido casi a los extremos de la interpretación constitucional de los poderes del Gobierno para reprimir las revoluciones en el terreno de los hechos, las dejemos triunfar en el terreno de los principios? Porque eso es lo que significa el proyecto: un triunfo del espíritu revolucionario en el terreno de los principios...

Sr. Barroetavena. - ¡Al que le debe todo la República Argentina! 

Sr. Gómez (I.). - Señor presidente: me llama la atención que un hombre ilustrado diga esas cosas. ¿Ignora, acaso, que hace años dijo un insigne orador francés la palabra definitiva en estas cuestiones? 

Sr. Barroetavena. - ¡No se puede condenar el principio! 

Sr. Gómez (I.). – ¡Oh, el principio! ¡El principio! La libertad no es hija de la revolución. Quizá en algunos casos por la miseria de las pasiones humanas es necesaria la revolución para romper las cadenas de los pueblos. Pero, tenedlo por cierto, señores, la libertad no existe prácticamente, no puede ser la base y el ambiente vivo efectivo del progreso y de la felicidad de los pueblos, sino cuando éstos han aherrojado a su vez la revolución que es el más feroz tirano! (Aplausos).

 Algunas veces los crímenes de los gobiernos hacen necesario que el pueblo se arme y alce contra ellos; en tales casos yo bendigo la revolución; ¡pero maldigo el empeño insensato de levantar altares en este país al espíritu revolucionario y de proclamar la revolución consuetudinaria! (Aplausos).

 No es por su irreligiosidad notoria que combato a Garibaldi, porque no pasó de ser un blasfemo y un sacrílego, y como tal sólo merece desprecio. No es por su supuesto liberalismo; porque en filosofía y en política era un inconsciente, y como tal sólo inspira compasión. Contemplo a Garibaldi en el rasgo característico de su fisonomía, como revolucionario contumaz, y como tal le condeno. Le condeno en nombre de los principios de orden que este país necesita hacer prevalecer, en todos los momentos, en todos los terrenos y todas sus manifestaciones.

 Vuelvo, señor, al punto en que me tomó la interrupción del señor diputado. Contradicción odiosa e inexplicable fuera que los mismos que hemos reprimido los amagos revolucionarios por amor a la paz, en bien y por interés del país, eleváramos, por complacer a un grupo de extranjeros, una estatua a aquel que recetaba para América el remedio de la revolución y de la guerra constantes. Contradicción odiosa que sólo se explicaría por hipótesis más odiosas aún, a saber: que la supuesta política antirrevolucionaria, del Congreso no fue tal política antirrevolucionaria, sino la defensa desleal de las posiciones políticas y de los beneficios del gobierno de partido; ¡que su conducta no fue inspirada por el patriotismo sino por la concupiscencia! A menos que se nos considere bastante estúpidos para ignorar la relación necesaria entre los principios y la conducta. No se puede observar una conducta antirrevolucionaria y hacer prevalecer a la vez principios revolucionarios.

 Tal es el significado de la estatua a Garibaldi. ¡Oh, no votéis esa estatua! Señores: no se puede desconocer la influencia docente de los monumentos públicos y de las estatuas. Como los grandes y bellos edificios influyen en el perfeccionamiento del gusto estético, así también las estatuas de los grandes hombres contribuyen a la formación moral y a la edificación de las generaciones venideras. Las estatuas de San Martín y de Belgrano no son tan sólo homenajes de gratitud popular, sino lecciones de virtudes y modelos que el Gobierno ha propuesto a la imitación de las sucesivas generaciones argentinas, a fin de que, estimuladas por el ejemplo de aquellos grandes y virtuosos varones, el carácter nacional se forme a su imagen y semejanza.

 Pero decidme, señores; ¿Cuáles son las lecciones que los jóvenes argentinos recibirán de Garibaldi? ¿Qué elementos puede aportar este hombre a la formación del carácter nacional? Elementos completamente bastardos, señor presidente; y yo no puedo consentir sin una enérgica protesta, que se incorporen en el medio ambiente de mi patria elementos que bastardeen el espíritu nacional. Se ha presentado la cuestión bajo otro aspecto, como un homenaje de simpatía, como un testimonio de hospitalidad a la colectividad italiana; y yo digo que ésta es una manera hábil, pero falsa, de presentarla. No es la colectividad, no es la totalidad de los italianos, la que pide este alto honor para Garibaldi; no, señor presidente. Muchos italianos, muy distinguidos, muy vinculados a este país conozco yo, que están absolutamente descontentos y confundidos con el proyecto de erigir una estatua a Garibaldi. ¿Por qué entonces hemos de acordarla si esta estatua es bandera de contradicción en Italia, es bandera de contradicción entre los italianos residentes en este país, y si puede llegar a ser bandera de contradicción aun entre los mismos argentinos? 

Pero, señores, si lo que queréis es demostrar vuestra simpatía, la simpatía de todos los argentinos por los italianos, y por Italia, ¿por qué no aceptáis la idea del doctor O'Farrell? En ese terreno estaremos todos unidos y el testimonio será por lo mismo más significativo y más noble. Tomad uno, cualquiera, de los grandes hombres que personifican el egregio genio italiano y erigidle una estatua; será la bienvenida, y al pasar por delante de ella todos saludaremos, ¡todos aclamaremos a Italia! (Aplausos).

 Señor presidente: con lo que he dicho he cumplido mi deber de fundar mi voto en contra del despacho de la mayoría. (¡Muy bien! Aplausos).

 




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